3 días de Berlín

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Fran me había advertido más de una vez que no viajara hacia la capital alemana. Era final de enero o principio de febrero y más que nieve, había mucho hielo. Nos encontrábamos en un hostal de esos que apenas entras y enseguida parece que estás en EUA o Australia porque todos hablan inglés y juegan “beer pong“, gritan como simios en pubertad, en fin, un escenario nada envidiable. Afortunadamente, fuera de ahí existía un universo fascinante de personas y de arquitectura y caminos empedrados donde caminaban rubias altas de ojos celestiales y gestos con mucha personalidad que dolía la piel de verlas. Como el plan era irnos Fran, mi entrañable amiga chilena, y yo a viajar por Europa del Este, Praga era un sitio al que estábamos obligados a ir.

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Cada mes, mi cuenta bancaria española recibía un depósito de una beca con la cual yo SUPUESTAMENTE pagaba mi renta y mi comida. Obviamente, a los 23 años era poco lo que me importaba comer sano y tener una buena vivienda, así que compraba pasta de la marca del súper (Eroski, a veces cuando andaba pudiente iba al Caprabo) y rentaba una especie de condominio con 5 cuartos pero ingresaba a 7 personas como compañeros de piso (A huevo). El resto de dinero se iba en cosas importantes como alcohol y viajes. Como dicen por ahí, lo demás me lo gastaba en puras pendejadas…

Cuando Fran me pidió que no viajara sólo de Praga a Berlín, fue porque (como toda mujer sabia) no me había llegado la beca a mi cuenta. Cabe decir que los dos estábamos en la misma situación pero ella tenía programado llegar a Cracovia a casa de Hubert, un gran amigo de los dos, lo cual aseguraba comida y asilo. Asimismo, yo tenía ya mi pasaje de autobús a Berlín pero mi bolsillo contaba con dos monedas de 2 euros. Pensé: -El universo me protege. “Ingue su!”-. Fran tomó ruta hacia Cracovia y ahí nos reencontraríamos los tres.

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Si alguna vez han visto la película “Hanna“, sobre una niña o adolescente que tiene habilidades extra humanas, pues recordarán que hay una escena donde aparece el padre en una estación de autobuses de Berlín peleando en una sección subterránea del lugar. Bien, pues ahí llegué. En ese viaje no fui tan práctico como otras veces y traía conmigo una maleta grande y chafa que había comprado con unos chinos en Madrid, y la evidencia estaba en que sus ruedas ya no servían. Debe haber sido alrededor del medio día y aunque había sol, el viento berlinés, a pesar de mi chamarra de pluma ganso, se colaba por cualquier poro posible. Al llegar a la estación alemana, quise llamar con mis 2 euros a una persona que me hospedaría en su casa por medio de Couchsurfing, que es una plataforma para hospedar y hospedarse gratis en diversas residencias, pisos, casas, etc., con el fin de intercambiar culturas en el mundo (www.couchsurfing.org). Hay que fijarse en mi nivel de “madurez” para llamar, no entender el alemán, confundirme y que el teléfono público se tragara la pinche moneda. Dentro del edificio, había un cajero automático donde revisé mi cuenta y no había depósito todavía. Papel en mano y dirección anotada, decidí lanzarme a buscar el domicilio de esta mujer. Cabe decir que la estación Zob se encontraba al oeste de la ciudad (http://zob.berlin/de), apartada del centro de la urbe alemana; y teniendo en cuenta que no tenía ni un euro en el bolsillo, tuve que caminar aproximadamente 50 minutos entre el frío alemán y la maleta arrastrándose ya sin las ruedas.

Cuando uno viaja a sitios con una cultura muy diferente, sólo y en condiciones un poco precarias, siempre existe una sensación de desolación. El sentimiento de ser ajeno a un territorio es la única compañía cuando uno aterriza en aguas de otro cauce.

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Antes de viajar, me familiaricé con algunas calles, estaciones del metro, palabras alemanas que pudiera utilizar, etc. Así que llegué a la dirección, toqué el timbre y nadie respondió. Volví a timbrar y esperé. Me contestó una voz femenina a través del interfono a lo que obviamente no entendí y decidí hablarle en inglés. Dijo: -Anja doesn’t live here anymore- ¿Qué?

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No sabía qué hacer. Sólo imaginaba una especie de nube, como de guión de cómics, diciendo (con la voz de Fran, obviamente) -“¡Pucha, Pablo! ¡Estái pa’ la cagá”-. Esperé entre una y dos horas afuera del apartamento a ver si aparecía Anja. Veía a la gente pasar a través del parque que se encontraba frente a mi pero claro, al mundo no le importaba un carajo mi urgencia. Mi maleta estaba hecha garras, ya no podía tocar más el suelo porque se saldrían mis calzones por el agujero, y digamos que no eran los más finos. Decidí regresarme a la estación de autobuses cargando la maldita maleta porque ahí, al menos, tendría baño, agua, cajero, y podría sentarme para dormir. Me cansaba y la arrastraba. El ruido llamaba la atención de la gente que me volteaba a ver. Quería tomar el metro pero tenía miedo de encontrarme con la policía y terminar con multa o algo peor por no traer boleto. Llegué a la estación, volví a revisar mi cuenta en el cajero y ninguna noticia. Pegadas entre sí formando una hilera, estaban unas clásicas sillas naranjas muy vintage (vintage de viejas, no de estilo) donde me senté pensando en qué carajos iba a hacer…

-En cualquier momento me depositan-, pensaba, mientras sostenía mi maleta trozada y me encogía para aguantar la ventisca helada que se escapaba cada vez que alguien abría las puertas automáticas de la estación. Habían pasado ya unas horas después de toda esta situación y no me quedó opción más que permanecer sentado en las sillas pintarrajeadas con palabras en “dutch“. Me levanté para hablar con el señor de la ventanilla de boletos y le pregunté en inglés si me permitía el teléfono o su internet. Sólo hablaba alemán y de manera muy hostil, entendí que no había wifi. Al acercarse la noche comenzó a llegar gente con peor pinta. Apreté fuerte mi maleta y cerré los ojos. Al despertar, seguro tendría mi depósito en mi cuenta.

Dormí sentado. El aire y el ruido de las puertas automáticas me despertaron más de una vez hasta que pudieron más que mi cansancio. Así que decidí abrir los ojos de una vez por todas y revisar mi cuenta. Y claro, seguía en ceros. Me comenzaba a joder el no tener ni un pan en el estómago y siendo la migraña una condición común en mi vida, el horizonte no lucía muy brillante. El personal de la estación había cambiado de turno. Fui al baño, arrastré la maleta, me lavé los dientes y regresé a la ventanilla para pedirle cualquier labor o trabajo al dependiente. Tampoco hablaba alemán. A duras penas me entendió y me contestó: “No German, no work”. Lo mismo con el señor de la cabina de periódicos y revistas. Regresé a mi silla vintage y esperé, según recuerdo, una o dos horas más. Revisé el cajero de nuevo. Nada. Ni un euro. La cabeza me dolía bastante y la irritación mental comenzaba inquietarme.

Alguna vez alguien me comentó que la policía alemana no inspecciona con regularidad los pases del metro. Con este estímulo y bajo la apertura de mi desesperación, pensé que era absurdo desperdiciar mi estancia en Berlín dentro de una maldita estación de autobuses pero me daba pereza arrastrar la maleta a todos lados y encima que las autoridades me capturaran sin boleto en mano. No tenía idea de qué me pasaría. Pero sabía que era una oportunidad única. Salí de la sala y había unos casilleros grandes disponibles aunque lógicamente sin plata, no podía rentarlos. Existen veces que lo único que queda es encomendarse al universo y confiar en que todo estará bien. Metí la maleta (con los calzones de fuera) y me las arreglé para dar a parecer que la puerta estaba cerrada.

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Me dirigí a la estación subterránea Messe U-Bahn del metro berlinés. No tenía idea de a donde ir. Simplemente me lancé a pasear y observar la ciudad. Cuando se aproximó la parada del centro o casco viejo de la ciudad, me bajé del circuito y comencé a caminar. Me asombraba la diversidad de gente, el dinamismo de la ciudad y la inclusión cultural, pero me costaba apreciar los fascinante del lugar puesto que de vez en vez me detenía en algún cajero por si acaso tenía ya mi dinero resuelto y todo seguía igual. El frío no cesaba y la migraña ya estaba retumbando. Aunque el entusiasmo se aferraba a seguir descubriendo Berlín, el hambre se ponía cada vez más perra. La gente pasaba a mi lado y no se si eran ya mis ideas o si realmente me veía mal pero sentía las miradas, no tanto condescendientes, sino ignorándome. Parejas, familias, estudiantes, junkies, niños, ambulaban con buen paso disfrutando un helado o un bratwurst y por poco me atrevía a pedirles un mordisco. “Todo va estar bien..”.- Me decía a mi mismo. Moría de las ganas por meterme a uno de los tantos museos o edificios culturales pero solamente las iglesias y catedrales eran gratis. Volvía a tomar el metro y me bajaba en otro tipo de zona más cosmopolita, como si estuviese interesado en ir de shopping. ¿La policía? Qué más daba ya la policía cuando lo que me importaba era comer o que alguna alemana se apiadara de un mexicano idiota para llevarlo a su casa a tomar una Ayinger bajo las sábanas. Por último, subí de nuevo al metro y llegué al final del circuito. Para mi sorpresa, había un campo floral colosal. Salí del vagón y me senté sobre una banca. Estaba sólo. Afortunadamente, llegó el atardecer y las flores tonificaron más su color amarillo. El sol y la tierra me hablaban. Fue un momento de serenidad donde sentí que al final, era muy difícil que me fuera morir. No lo digo por dramático. Lo digo porque todos nos preocupamos por las situaciones, por las consecuencias, por la gravedad de las cosas pero al final lo único que no tiene remedio es la muerte. Empezó a oscurecer. Tomé el metro de nuevo y regresé a Zob.

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Nada en mi cuenta todavía pero mi maleta seguía dentro del casillero. Al sentarme, comienzo a ver mayor flujo de gente entrando a la estación. Digamos que no tenían la mejor pinta. Dos de esas personas eran una pareja, o no se qué, bastante excéntrica y con olores fétidos. Un tipo alto, blanco, de sombrero de gangster y con bigote castaño vistiendo unos tirantes guindas y un overol café acompañado de una mujer verdaderamente dantesca con rímel corrido, piel gitana, cabello negro infernal y desgreñado, ojos grandes verdes, y con migajón en cada centímetro de su silueta, arribaron creando caos en el lugar. Gritando ademanes alemanes entre ellos, se empezaron lentamente a acercar cerca de mi. Yo suplicaba a todos las divinidades religiosas que se alejaran cuando de pronto, la mujer se me pone enfrente de cuclillas y comienza a gritarme no sé qué puñetas en mi cara, volteaba a ver a su pareja y se burlaban juntos. Debieron haber durado unos cinco minutos a lo que a mí me parecieron cinco horas. Al retirarse, me pegó la soledad y algo de tristeza. Sentí miedo y angustia por la incertidumbre y para mi mala suerte, la pareja permaneció dentro de la estación toda la noche. No pude dormir con la preocupación, abracé más fuerte mi equipaje y solamente pensaba: “¿En qué momento llegué a estar así? ¿Qué voy a hacer? Quiero ver a mi mamá”.

 

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No desperté porque prácticamente no dormí en toda la noche. Me levanté de la silla y, otra vez arrastrando la maleta, fui al baño a lavarme la boca y tomar agua, porque a falta de pan, hidratación, no? Me acerco al lavabo. Eran creo alrededor de las 8 am. Mojo el cepillo de dientes y cuando volteo al espejo, no me reconozco a mi mismo. Ojeras de muerto, ojos enrojecidos, portando un gorro que parecía más un trapo que una prenda, y una expresión que veía en los mismos “humanoides” que me gritaron la noche anterior, y lo más fuerte e incluso gracioso era que al momento de untar la pasta en las cerdas del cepillo, me quedé atónito. Colgate me sonó más a comida. “¡Qué chingados está pasando!” – Pensé. ¡El cuerpo me estaba pidiendo comerme la pasta!

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Mi balance seguía en ceros. Decidí que era suficiente. Salí de nuevo arrastrando la pinche maleta. Me dije a mi mismo que si tenía que rogar para comer, lo iba a hacer. Tomé el metro y me dirigí hacia la zona cosmopolita y ahí busqué un hotel donde me prestaran internet (Antes no había tanto acceso como hoy). Era un indigente más. Ni caso me hicieron. Seguí caminando y, claro, como me sentía muy débil, me senté sobre una banca al lado de la avenida, cuando se sentó una güera gozando un croissant con chocolate que sacaba a pedazos de una bolsita de cartón; era mi oportunidad. Me contó que era holandesa y yo le conté que era mexicano y que había tenido un accidente y que no había comido nada (¡Carajo! ¡Lo que uno tiene qué hacer!). Me dio unos cuantos céntimos. Le agradecí el gesto y en un segundo estaba en la panadería más cercana. Pedí el pan más barato y me devoré ese gluten esponjoso como troglodita después de medio año de hibernación.

El pan me cayó pesado. Me dieron náuseas y ya no podía caminar más. A unas pocas cuadras adelante estaba otro hotel. Al entrar, me acerqué a la recepcionista y rápidamente le mostré mi identificación. Le aclaré que era estudiante mexicano con pasaporte estadounidense, que entendía que me veía muy mal pero que estaba en problemas y no había comido nada en casi 3 días. Se apiadó de mí y por un momento pensé que ella iba a ser la chica que me iba a llevar a su casa a cuidarme bajo las sábanas. Sin embargo, y aún mejor, sacó una sonrisa y una canasta con manzanas verdes. “Here, have as many as you’d like”. -Comentó. – Me enamoré al instante. Además, ella misma me ofreció usar las computadoras para huéspedes pero aclarando que de manera rápida porque el gerente podía regañarla. Tomé esa manzana, la acaricié con enjundia, la besé y le di una mordida monumental, entendí cada uno de sus componentes químicos en mi paladar, en mi lengua; sentí la frescura, los destellos de fructuosa y acidez. Vamos, casi sentí el momento en que la glucosa entraba en mi sangre con un latigazo de energía. Era la primera vez que tenía sexo con una manzana y mientras, me conectaba al messenger para pedir ayuda. Mis papás, asustados, no sabían que me había ido de viaje a Europa del este y no había mucha manera de depositarme puesto que era sábado, pero tuve la suerte de que una amiga en Pamplona pudo transferirme una buena cantidad a mi cuenta. Ahí mismo en el lobby, me senté en un sillón y en 5 segundos me desconecté del mundo. Habré dormido no más de 15 minutos antes que llegara algún guardia a sacarme. Revisé mi cuenta en el cajero que se encontraba dentro del hotel y jaque mate. Me sentí como María La Del Barrio al casarse con aquel hombre rico. Agradecí infinitamente a la recepcionista. Al salir del hotel, hice una pequeña y muy merecida parada en un restaurant casual. Pedí un jugoso y cremoso kebab y una espesa Franziskaner llena de pecado. Luego compré el boleto del metro y regresé a Zob. Compré también el boleto hacia Cracovia para reencontrarme con Fran y Hubert. No quería saber nada de Berlín.

Estaba muy contento de ver finalmente a mis amigos. No podían creer lo que me había pasado pero por la imagen patética que tenía, no había mucho que explicar. Excepto cuando me descalcé, mis pies olían más pinche feo que mis colegas de Zob. Por cierto, si tenían duda, no me comí la pasta de dientes.

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Esto no fue en Cracovia; fue en Oslo. Y fue unos años después con poco más de dinero…sólo un poco más).

 

 

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3 comentarios en “3 días de Berlín

  1. Wow! Me dejaste​ sin palabras. Que increíble experiencia y esa forma de contarla, haces que uno la viva. Qué bueno que esa recepcionista se apiadó de ti y hoy puedes contarnos tu vivencia 🙂

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  2. A mi me contaron despues que te paso lo mismo en Pamplona y trabajaste unos dias ordeñando toros -es lo que dicen- yo no se, a mi que me esculquen…

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