La Higuera

Mi primo me insistía en que si me untaba la “lechita” de esas hojas en el ombligo, iba a sentir algo de placer. Una hora después, el ombligo se me había puesto más rojo que la cara de Roberto Palazuelos después de una semana en Acapulco. Eso es lo que pasa cuando uno confía en el primo mayor de la familia. Y, aunque muchas fueron las lágrimas (y la irritación), curiosamente, esa higuera es una de las memorias más vívidas que tengo desde mi infancia.

No recuerdo con exactitud la edad por aquel tiempo, pero seguramente tenía alrededor de 5 años. En la cocina de mi abuela se respiraba “jamoncillo” que ella misma hacía y lo servía fresco, caliente, listo para derretirse en nuestras almas. Lo preparaba en una olla que, a mi parecer infantil, era gigante. Supongo que debió serlo puesto que éramos muchos primos. Afortunadamente, las empanadas de calabaza también eran abundantes. Desde luego que la abuela tenía siempre algo especial con cada uno; en mi caso era el pudín de vainilla con maicena y siempre que hacía me recibía con una sonrisa más larga de lo normal.

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“Nadie envejece, sólo evoluciona”.

A finales de los ochentas, todavía no se extinguían los mayates (me refiero a los insectos verde tornasol) y era suficiente salir al frente de la casa para escuchar a las chicharras cantar mientras mi papá y mis tíos se subían a un árbol para capturar unos cuántos de estos escarabajos exóticos, amarrarles un hilo alrededor de sus alas y entregárnoslos como si fuesen golosina a los niños. Los tomábamos del hilo como si fuera el lazo de una mascota y listo; en su intento por escapar, salían a volar mientras girábamos sobre nosotros mismos. Era la versión botánica de un dron, pero más divertido. Sin embargo, hubo un sabor y una textura que todavía a veces los guardo en mi mente o en mis entrañas. Cuando era temporada, cualquier día podíamos visitar a la abuela y encontraríamos una cazuela llena de higos. A veces los pizcábamos y a veces alguien ya alguien nos había ahorrado la fatiga. Era una sensación única. Era recoger el fruto del amor que mi abuela había puesto en esa higuera.

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Su exuberancia y color verde soldado dejó de ser tan vivo con el tiempo. No recuerdo si cayó alguna plaga o si simplemente el clima extremo de la ciudad fue determinante para que ya en estos días dejara de existir. Y no comprendo la raíz de esta memoria al vincular tanto a este árbol con mi abuela, que a sus casi 90 años, sus piernas y cadera débiles, su estómago delicado, y su poca energía, sigue recordándonos su fortaleza con su mente increíblemente  lúcida y su corazón tibio. Probablemente es esa misma solidez con la que educó 7 hijos y, en parte, hasta casi 30 nietos; probablemente fue esa misma fuerza y amor con el resistió años de dolor, de pobreza; probablemente es tan terca que hasta la mente le hizo caso para poder seguir disfrutando los frutos de ese sufrimiento; ese sufrimiento que somos nosotros: los nietos que nos convertimos en los higos de esa higuera. Claro. Eso es.

Gracias, ABUELA.

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3 comentarios en “La Higuera

    1. Excelente relato de recuerdos nostálgicos que no me toco vivir con mi abuela materna aun así le gustaban las plantas, en maceta, pues nunca tuvo patio amplio, menos jardin, y la abuela paterna la conocí en un ataúd aunque ella si tenia incluso huerta, sin embargo, no hubo tiempo para compartir, la narrativa toca fibras de vivencias realmente que mueven y hacen a uno parte de una fantasía que no pudo ser, felicidades por el talento para hilar ideas y la buena memoria. Un abrazo desde Aca…bo.
      El Neto.

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      1. Muchísimas Gracias, Ernesto. Son tiempos que las generaciones nuevas probablemente no comprenderán. Nuestra generación, que apenas comenzó millenial, ha sido la que ha emigrado demasiado rápido de tener una vida frugal a una más compleja. Siento que a veces eso es lo que a muchos nos provoca nostalgia crónica.

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